sábado

Suavemente me suspiraba palabras obsenas al oído en una cena familiar. Qué manera de incomodar. Ella sabe lo que me molesta, me conoce. Vio con mis ojos la misma luz del miércoles pasado. La pantalla que susurra incansable su canto de sirena. Los rollos tirados en la mesa, velándose con la poca luz que había y el humo del cigarrillo que prendió y olvidó por distraída. Decidí irme. Me la llevé conmigo -infaltable.

La ciudad no hablaba porque los relojes llegaron a ese punto donde no corren más. Sin ruido dormía, tranquila. Me llevaba caminante sin camino. Faroles que hablan solos, resguardando lo más frio del cemento. Cigarrillos otra vez, pero distinta. Cigarrillos como companía. El cuerpo consumiéndose a un ritmo vertiginoso y la calle observando, cautiva de un descuido con tal de atraparte, convertirte en su esclavo.

De repente un solitario aullido en la noche. No era igual a los que estaba acostumbrado, este era distinto. Sonaba más a un suspiro en voz alta. El mismo suspiro de siempre, pero distinto. El de hoy, el de ayer y el de mañana, pero distinto. Fue un suspiro corto y alegre. Algo había cambiado sin dudas -penso. Estaba bien, se sentía bien. La música comenzó a sonar automáticamente indicando que había llegado al final de la historia. Ya podía relajarse.

Abrió la puerta, tiro las llaves, hundió su cabeza en la almohada y durmió. Durmió, como hace mucho no lo hacía. Durmió, como la ultima vez que tuvo una pesadilla y los padres le hicieron un espacio en su cama. Durmió feliz. Durmió tranquilo. Su alma había vuelto para quedarse. Su suspiro -mi suspiro- pudo empañar vidrios y esta vez fue para siempre.

2 comentarios:

mflorencia dijo...

Le chien andalou ♥

La calle siempre nos convierte en esclavos... Cierto.

Setzel dijo...

Nada. Estoy por ver en un rato la peli que nombra arriba Florencia.

Un saludo.

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